La comparación entre la clasificación y las capas de una cebolla es una de las metáforas más intuitivas y, paradójicamente, contraintuitivas que existen. Es una metáfora intuitiva porque permite explicar cómo se clasifica la diversidad de los seres vivos como una estructura de niveles encajados que va desde las características más generales hasta las más específicas a nivel familia, género o especie. Pero, al mismo tiempo, es contraintuitiva porque obliga a abandonar la idea de que los grupos biológicos son categorías independientes y no relacionadas entre sí, cuando en realidad esta clasificación refleja relaciones de descendencia común entre los organismos.
Por ejemplo, por muy extraño que nos parezca un ser humano (Homo sapiens) es al mismo tiempo un mamífero, un vertebrado, y en un sentido evolutivo muy profundo, también un sarcopterigio (un pez con aletas lobuladas) extremadamente derivado. Obviamente, esto no significa que compartamos las mismas características típicas que asociamos con los peces actuales, sino que nuestro linaje desciende de organismos que sí poseían estas características. Es decir, un organismo no deja de ser lo que era para convertirse en otro, siempre hay una continuidad de descendencia, pero esa continuidad no implica que sea una identidad fija ni una acumulación de capas biológicas, sino la transformación progresiva a lo largo del tiempo evolutivo.
Esto hace que los organismos partan desde una determinada serie de restricciones filogenéticas que está determinada por el grado de acumulación histórica que presenta ese determinado linaje, y que se conserva de algún modo en su organización biológica. Incluso cuando ciertos rasgos pueden perderse, modificarse o reducirse a lo largo de la evolución, el organismo nunca se construye desde cero, sino que siempre sigue una base heredada que condiciona su desarrollo. Por ello, lo que realmente cambia no es la existencia de esa herencia, sino su grado de expresión, ya que siempre permanece algún nivel de organización, desarrollo o estructura que remite a los antepasados del linaje.
Esta perspectiva nos resulta difícil de entender porque esa historia de transformaciones acumulada no nos resulta visible de forma evidente y porque existe una enorme diferencia funcional entre los organismos actuales y sus formas ancestrales. Esta discontinuidad aparente nos lleva percibir los organismos como entidades separadas, cuando en realidad forman parte de una misma estructura, algo similar a una muñeca rusa.
Monday, April 13, 2026
El muro izquierdo y la cebolla de la taxonomía
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